Historia
El Santuario de La Verna ofrece una combinación única de espiritualidad, historia y naturaleza, enclavado en el corazón del Parque Nacional de los Bosques del Casentino.
Este lugar sagrado está ligado de forma indisoluble a la vida de San Francisco de Asís, quien recibió aquí las llagas en 1224, un acontecimiento que ha convertido al monte de La Verna en uno de los principales centros franciscanos del mundo.
Quien visita el Santuario es recibido por un paisaje imponente, formado por bosques silenciosos, panoramas que se abren de repente y una atmósfera de profunda contemplación. Las montañas circundantes, entre ellas el monte Penna, ofrecen numerosos senderos panorámicos donde vivir experiencias de senderismo y caminatas inmersos en la belleza natural del Casentino.
En el interior del complejo, los visitantes pueden admirar las célebres terracotas vidriadas de Andrea della Robbia, espléndidas obras renacentistas que adornan capillas, altares y paredes. Las escenas sagradas modeladas en las terracotas añaden un toque artístico único, contribuyendo a crear un ambiente espiritual intenso y rico en historia.
Llegar al Santuario es sencillo siguiendo las indicaciones hacia La Verna, situada en la provincia de Arezzo. Cada año, miles de peregrinos y viajeros llegan hasta aquí para vivir una experiencia que une arte, fe y naturaleza, siguiendo las huellas del Poverello de Asís.
Las llagas de
San Francisco
En el verano de 1224, San Francisco se retiró al monte de La Verna para un periodo de oración y silencio, deseoso de compartir plenamente la Pasión de Cristo. Durante este retiro, según la tradición franciscana, el santo tuvo una visión en la que se le apareció un serafín crucificado. De aquel encuentro espiritual intenso, Francisco recibió los signos visibles de la Pasión: las llagas.
Ante esta visión, Francisco se llenó de asombro y en su ánimo había, al mismo tiempo, dolor y gozo. Sentía una alegría sobreabundante al ver a Cristo con aspecto benigno, apareciéndosele de modo tan admirable como afectuoso, pero al mirarlo así clavado en la cruz, su alma era herida por una espada de compasivo dolor. Tras un arcano e íntimo coloquio, cuando la visión desapareció, dejó en su alma un ardor seráfico y, al mismo tiempo, dejó en su carne los signos externos de la pasión, como si se hubieran impreso sellos sobre el cuerpo, vuelto tierno por la fuerza fundente del fuego.
En seguida empezaron a aparecer en sus manos y en sus pies los signos de los clavos; en el hueco de las manos y en la parte superior de los pies aparecían las cabezas, y por el otro lado las puntas. El lado derecho del cuerpo, como si hubiera sido traspasado por un golpe de lanza, estaba surcado por una cicatriz roja, que a menudo vertía sangre. (San Buenaventura, Leyenda Mayor)
El testimonio de este acontecimiento, transmitido a lo largo de los siglos y descrito por San Buenaventura en la Leyenda Mayor, relata el profundo asombro del santo, dividido entre el dolor y la alegría, mientras los signos de los clavos y la herida del costado se manifestaban en su cuerpo. Este don espiritual, junto con su ejemplo de vida, sigue siendo hoy el centro de la misión franciscana de La Verna y del camino interior de muchos visitantes.
Los bosques del Casentino
Los bosques que rodean el Santuario de La Verna representan una verdadera joya natural.
El Santuario se alza en el corazón de los Bosques del Casentino, un entorno natural virgen caracterizado por una extraordinaria variedad de flora y fauna. Los bosques están compuestos por hayas, castaños, robles y abetos, entre los que destaca el abeto blanco “Carlo Acutis”, el árbol autóctono más alto de Italia, con sus 51,85 metros.
Los amantes del senderismo y de la naturaleza pueden elegir entre numerosos senderos bien señalizados, perfectos para explorar paisajes silenciosos y panoramas sorprendentes.
Desde el Santuario parten rutas cortas hacia el monte Penna, caminatas más exigentes como el Sendero de los Bosques, o tramos del Camino de Francisco, con dirección a Asís o Roma.
Visitar La Verna significa sumergirse en un lugar donde la naturaleza parece amplificar el silencio, el recogimiento y la belleza espiritual, haciendo que cada experiencia sea inolvidable.
















